Os dejo este texto, que escribió Pau Dones en su libro "50 palos... Y sigo soñando" en el que habla en este caso de la pareja y el concepto que se tiene hoy en día, un texto que comparto al 100%.
¿Vosotros creéis en la pareja? Porque yo no. Cuando una pareja de amigos se casa siempre compro dos trajes y dos regalos; uno es para cuando se casan y el otro para cuando se separan. Creo que he asistido a tantas bodas como divorcios. Con permiso de aquellos que vieron muchas películas de Disney, y sabiendo que esta es una afirmación que va a provocar cierta polémica, os digo que la pareja es el cementerio del amor.
«¿Hola, qué tal? Mira, te presento a mi pareja. Pau, Julián; Julián, te presento a Pau». ¡Malas cartas!, tantas como en una partida de póker tener un jardín. Desde mi punto de vista es erróneo pensar que pareja es sinónimo de amor. O mejor al revés, que para estar enamorado hay que tener pareja. O, dicho de otro modo, que la pareja es la plataforma indispensable para vivir enamorado. Error.
En mi caso nunca ha funcionado. Puedo haber sido un buen amigo, un buen compañero, incluso algunos días hasta un buen amante, pero como pareja he sido un desastre total y absoluto.
Será que nunca he entendido las reglas, pero es que cuando al amor se le ponen reglas, mal asunto. Supongamos por ejemplo que conoces a una chica y te enamoras platónicamente de ella. Esa mujer a la que nunca le habías prestado una atención especial se convierte, en un abrir y cerrar de ojos, en tu musa, tu amor, tu vida, tu diosa. No hay nada más importante en el mundo que su presencia. No puedes vivir sin ella, no puedes pensar sino en ella. Te la llevarías al trabajo, al fútbol, al barbero, de fiesta con los colegas… Vamos, que no te despegarías de ella ni para ir al baño, es un decir. Resulta que ella siente lo mismo por ti, con lo que inicias una relación en la que todo es perfecto. ¡Ojalá el tiempo no pasara! ¡Ojalá este amor no se acabara nunca!
Pero se acaba. Llega ese horroroso y fatídico día en que tu heroína, que a tus ojos se ha convertido en bruja, te dice: «Tenemos que hablar». Y tú, que has pasado de príncipe azul a patán insoportable, agachas la cabeza porque sabes que vienen malas cartas, y respondes: «Pero… ¿por qué? ¿Qué es lo que ocurre?». Porque si solo te sucede una vez, pues mira, pero es que ya has tenido veinte musas y con todas has acabado igual de mal.
En las parejas hay algo que no funciona, y diría que el asunto reside en una serie de vínculos extraños, de obligaciones supuestas, de intereses ocultos. En general no sabemos convivir. Vamos a lo nuestro, pensamos solo en nosotros. Queremos las cosas a nuestro gusto sin pensar en que a lo mejor el otro las ve de otra manera. Queremos cambiar a nuestra pareja sin importarnos cómo es realmente. Mi príncipe azul sí, pero del azul que a mí me gusta. Es como que de repente pasas de ser un ídolo a un objeto. Un objeto que antes gustaba mucho, pero al que poco a poco, con la convivencia, le han ido saliendo defectos que inexorablemente con el tiempo tu pareja va a intentar corregir, pero a su manera.
Ahí empiezan los problemas. Yo, que por ser tu pareja te poseo, voy a cambiar todas las cosas que no me gustan de ti, que por cierto cada vez son más: posesión, exclusividad, celos, desconfianza, enfados, cabreos, castigo, incomunicación, sexo escaso y, al final, aburrimiento. De ser compañeros pasáis a ser enemigos y no te has dado ni cuenta.
Porque parejas aburridas he conocido muchas: del amor se pasa a los pactos de convivencia, después a la falta de comunicación y, finalmente, al tedio, a consecuencia del cual la pareja se rompe, y el que paga el pato es el amor. Cuando la cosa va de matrimonio entonces el descalabro acostumbra a ser todavía peor, porque ahí entra en juego el dinero y algo más escabroso si cabe: el qué dirán.
¿Por qué se casará la gente? Hay parejas que viven juntas pero duermen en camas separadas, incluso en habitaciones separadas; hay personas estupendas que antes eran los mejores amigos pero que ahora no se aguantan ni se hablan, incluso se odian. Los hijos, la familia, el círculo social, las apariencias, el dinero, el patético mundo de los engaños y las relaciones extramatrimoniales (los amantes, vamos). ¿Cómo se puede vivir con esa presión, con ese mal rollo, con esa infelicidad? No digo que siempre sea así, pero sí que son muchos los casos.
Y digo yo que, viendo lo visto, ¿tenemos claro lo de la pareja? ¿Será que el rol de las mujeres y los hombres en el siglo XXI ha cambiado y sin embargo no lo ha hecho la figura de la pareja tal y como mandan los cánones que la sociedad establece como correctos?
Mi abuela Isabel vivió siendo uña y carne con mi abuelo Ramón hasta el día que ella falleció. Cuando la yaya se fue, el abuelo decidió que sin ella ya no quería vivir, y a los tres años también nos abandonó. Nunca los vi discutir. Mi abuela gobernaba el barco y Ramón, solo cuando era estrictamente necesario, intervenía. Un día le pregunté al yayo que cómo lo había hecho para querer tanto a la abuela, y me respondió lo siguiente: «Antes, cuando se nos estropeaba el carro de las mulas, bajábamos al herrero y hacíamos lo imposible para arreglarlo. Ahora, cuando se estropea el tractor, vas y lo cambias por otro». ¡Error!
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